Creado el: 2026-03-14 12:36 pm
Inspiración“Les contaré de Adela, mi amiga del 203, el apartamento que da a la parte de atrás del edificio y conecta con el bosque. Adela posee una costumbre incandescente, para nosotros adorable, ella tiene momentos de perdón. Instantes prolongados en los que se presenta ante su propio ahora sin merodeos o sustentos. Es como si Adela guardara en el armario todo lo que piensa y actúa, y viniera frente al bosque para presentar su respeto y su silencio.
Ella hace eso con relativa frecuencia, lo que convierte su incandescencia en un momento para nuestro encuentro, pues es ahí donde Adela puede escuchar. Escucha el silencio, se refresca, nos ofrece y se ofrece su amor.
Ese es también un momento de reconciliación, en el que mi amiga se despoja. Cuando ella se desvincula de lo cotidiano y vuelve a lo esencial, su esencia puede hablar. Los miedos acostumbrados aparecen en el diálogo, pero también ilumina la noche ese deseo suyo de mantenerse simple, eso es lo que enciende su fuego y genera su calor.
¿A quién le gusta ser simple en estos días? ¿Quién quiere ser callado, pensar poco, calmarse fácil? Hasta vienen entendiendo que calmarse es lo contrario de activarse, y teniendo tanto por hacer en el día a día estar calmados es una amenaza.
Adela se calma por costumbre. Tuvo que aprender, con la experiencia, a reservar su buena memoria y su mejor juicio a través de la calma. Comprendió, otra vez en la experiencia, que cuando perdía la calma se hacía torpe, decía cosas inoficiosas, y las personas se confundían sobre ella.
También supo Adela, después de que le hablaran de fibromialgia, que la manera como se relaciona con ella misma lo es todo. Entonces aprendió a cultivarse como lo hacen los apasionados de la jardinería, tomando tiempo para ella, en silencio (verdadero silencio), refrescándose con el agua que rara vez es tibia, tratándose bien, limpiándose.
Adela es aseada, y cada vez más. Ella es hacendosa para despeja sus pensamientos, pule las paredes de sus límites, se recuerda con frecuencia que es mejor dejar ir lo que no esta siendo útil, hasta procura barrer cotidianamente la carga emocional que el día haya podido producir.
Y el vecindario le ayuda. Conoce la vida de sus vecinos, lo suficiente para entender que se puede envejecer encerrado en la propia contaminación, o creando nueva vida a través de la apertura.
Así es como mi amiga Adela cultiva su esencia, respetándose, abriendo espacios de piedad por ella misma, de higiene de su ser. Si ella leyera más libros o tomara mas empleos no estaría en condiciones de hacer su propia jardinería. Le favorece vivir sola, lo sé, y aún así lidia con su soledad uno que otro día. También le favorece la independencia económica que ha logrado, y una autoestima bastante sana, pero qué más esperar de alguien que se ha esforzado, esa es la riqueza fundamental a la que un juicioso puede aspirar.
Lo que falta reconocer, el exquisito secreto de Adela, es que ella aprende en esas noches de jardinería sutil. Puede que no pueda recitar las lecciones, ni ponerlas en palabras precisas, pero se renueva tan positivamente que ingresa a su casa refrescada por el descubrimiento de un nuevo punto de luz en su mirar.
Eso es a veces aprender, mejor que un concepto o un buen tumulto de palabras. Sentirse distinto por la propia retroalimentación es un hábito de poder, de respeto y de progreso, que si ocurre en los sentidos moviliza espacios de ti seguramente más flexibles y creativos.
En tu mente ya no eres tan flexible, por eso te recomiendo que sea en tu sentir profundo. ¿Qué te conecta con tu sentir profundo? ¿Con la melancolía del momento, con la introspección o la magia de la naturaleza? Esas pausas, como la jardinería íntima de Adela, son mi modo favorito de meditación.
Me leen, entre los amigos de Dictados del cielo, una amiga que encuentra esa intimidad sensitiva al cocinar, un amigo que trota, otro que escribe; ésta amiga poco común que me escucha en los susurros de su armonía, o la que sueña para tomar sabiduría condensada. En fin, cualquiera que sea tu momento de intimidad elocuente y real, aliméntalo, identifica su poder, dale importancia y cuidado.
Y si no tienes uno aún, si aún no sientes tu propia incandescencia, husmea, olfatea, sospecha, investiga. No necesitas un ritual, una doctrina o un rigor que seguir. Al contrario, se trata de seguirte a ti en tu naturaleza para la paz.
Puede que acceder a tu paz, a tu silencio, necesite primero alguna descarga emocional, como cantar o bailar. Puede incluso que para llegar a tus momentos de calma necesites primero trasegar el conflicto en el que ahora te encuentras. No tengas prisa, no todos los tiempos son para la paz. Eso sí, la calma es una necesidad permanente, que tal vez has abandonado deliberadamente sin medir las consecuencias.
Por ahora presta atención, a tu incandescencia, a tu calma, o a la falta de ellas. Esos momento de dicha de ti mismo pueden recordarte fácilmente donde es que está tu hábito prometedor. Es que un hábito es algo mucho más fácil de cultivar que un ritual. Perdónenme de antemano los amantes de los rituales, pero revisen por favor si esos rituales los ayudan a progresar, o solo les ofrecen una calma paliativa.
La virtud de los hábitos es que se actualizan con los acontecimientos, que ofrecen retos, y que reflejan mejor lo que vas siendo cada vez. No es lo mismo sentarte juicioso a repetir tus oraciones que agacharte en el jardín a cultivar las plantas vivas. Tampoco es lo mismo repetir algunas frases para declarar la realidad deseada que cocinar todos los días enfrentando un hábito de nunca acabar, y trascender en él, reconociendo las necesidades de tu vida, de tu intestino, de tu familia.
Mejor dicho, es mucho más revelador un hábito que está vivo que un ritual que ofrece calma momentánea. La invitación es a los momentos que crean oportunidades y te movilizan, cualquiera que sea el indicado para ti”

Olga Castaño
Comentarios (4)
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